El fantasma inclinó la cabeza. Los ojos se empañaron con una compasión que parecía viento antiguo.
Una noche de verano, cuando la luna parecía un espejo pulido, la casa entera se iluminó con velas que no tenían cera, con rostros que venían de fotografías. La libreta de partituras brilló y, por un instante, la música se volvió completa: la melodía que Mateo tocaba se unió con otra voz, una armonía suave que Martina reconoció sin verla. El fantasma dejó de tocar y, al fin, exhaló algo que fue alivio. Sus contornos se hicieron menos opacos, más como un recuerdo bien amado. un fantasma en san telmo pdf scribd gratis
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